El coleccionista de Ecos en Botellas

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Hace 5 horas

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En la costa de un pueblo donde el mar siempre olía a metal oxidado, Julián se ganaba la vida recolectando botellas de vidrio que la marea arrojaba a la orilla. Sin embargo, no las vendía al chatarrero: las llevaba a su taller para sellarlas con cera roja.

Cada botella guardaba un sonido atrapado que el mar había arrancado del pasado. En una vivía el murmullo de una discusión que dos amantes nunca se atrevieron a terminar; en otra, el crujir exacto de los pasos sobre la nieve la noche en que un viejo farero decidió apagar la luz para siempre.

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Una noche, una botella pequeña, de vidrio verde y oscuro, llegó a sus manos. Al destaparla con cuidado, no escuchó olas ni susurros lejanos, sino el sonido claro de su propia voz, diciendo una frase que aún no había pronunciado: "Menos mal que me encontraste a tiempo".
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