La bruja y su bestia lunar

huyuye

Hace 10 días

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Isolde había pasado sus ochenta años en la torre de obsidiana, memorizando el manto celeste y dominando el saber prohibido de los eclipses. Al igual que la Luna, la gente la temía, pero no por su crueldad, sino por su absoluta indiferencia hacia la vida diaria. Su objetivo era un poder superior.

Ella aguardaba la noche de la conjunción, el instante exacto en que la barrera entre mundos se hacía mínima y permeable. Era el único momento cósmico para invocar a el protector final, la criatura que ella había cultivado en sueños. Quería a la Bestia Lunar, un ser que no era de este plano, sino de la órbita lejana.

La noche esperada llegó, silenciosa y opresiva. Isolde subió a la plataforma ritual de su torre, envuelta en una capa de terciopelo negro. Dibujó los símbolos con polvo de cristal y comenzó a entonar un cántico antiguo, que resonaba con un eco metálico en el aire enrarecido. El espacio se combó.

El cielo se rajó, dejando ver una herida oscura y profunda. De esa apertura no descendió luz, sino una presencia. No era una forma definida, sino una masa informe de éter condensado. No hizo un ruido animal, sino un sonido escalofriante inhumano que hizo temblar la torre. Sus ojos, cuando se materializaron, brillaron con un color ardiente.

Isolde sintió el poder constante de la Bestia. No era un esclavo, sino una fuerza terrible e incontrolable. El ser había llegado, trayendo consigo un miedo ancestral y la certeza de que el destino del pueblo cambiaría para siempre. Su hambre era una profunda necesidad de energía astral.

La Bestia Lunar se movió, su cuerpo extraña y voluminoso. Isolde levantó su mano pálida y tocó la criatura. No hubo piedad, solo una alianza oscura forjada en la ambición. Ella le ofreció el sacrificio final para iniciar la nueva era: su propia humanidad, para convertirse en su eterna vigilante.
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