El alma errante que busca un cuerpo

huyuye

Hace 6 días

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En la cosmogonía de el Vacío Fundacional, existía una entidad, Aethel, que era un punto de conciencia flotante, sin masa ni forma. Aethel era un ser de esencia, atrapado en un limbo de niebla y oscuridad profunda. Su único deseo era la encarnación, sentir el dolor bendito y la alegría de la vida tangible.

Observaba el universo a través de una grieta sutil en el tejido del espacio. Veía a los humanos, criaturas de carne imperfecta y huesos frágiles, moviéndose con una libertad deseada. Para Aethel, el cuerpo no era una prisión, sino el templo sagrado que ofrecía el sentido y el propósito.

Aethel descubrió un mundo perfecto, un planeta fértil llamado Zenia. Allí, la gente vivía en una paz absoluta, sin saber que su existencia apacible atraería a la entidad. Aethel eligió el cuerpo de un recién nacido para su transformación, pues era una vasija nueva y maleable.

El alma errante, con un esfuerzo colosal, se lanzó a través de la grieta. Su viaje fue una agonía constante, una compresión de billones de años luz en un solo instante. Impactó contra el recién nacido con una fuerza invisible.


La gente de Zenia vio a su niño recién nacido. No tenía ningún defecto visible, pero sus ojos brillaban con una sabiduría oscura, ajena a su edad. El niño, ahora Aethel, había logrado la encarnación deseada.


Sin embargo, la verdad terrible se reveló pronto. El cuerpo era una jaula restrictiva y dolorosa. El alma errante no podía contener el poder ilimitado de Aethel. La transformación fue incompleta. El niño lloró, no de hambre, sino de un tormento perpetuo, atrapado en la agonía de un destino que era tanto un regalo como una sentencia cruel.
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