El Despertar de la Ciénaga Olvidada
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Bajo la luna de plata, una presencia deforme emergió de la fosa recién abierta. El aire se volvió pesado mientras la criatura arrastraba sus cadenas oxidadas sobre el mármol.
—He regresado —declaró con una voz que recordaba al metal chocando contra la roca.
De pronto, un escalofrío recorrió el cementerio, despertando sombras que bailaban entre las lápidas olvidadas. El espectro extendió su mano huesuda hacia el portón de hierro, buscando una venganza que el tiempo no logró borrar. Las luces de la ciudad lejana parecían ajenas a la pesadilla que se desataba en el valle. Con un gesto final, la entidad invocó una niebla espesa que ocultó su rastro.

La oscuridad devoró los senderos, dejando solo el eco de unos pasos que no pertenecían al mundo de los vivos. El miedo se instaló en el bosque, mientras el viento soplaba con una furia sobrenatural. De las profundidades de la tierra brotó un lamento agudo, una nota que parecía cortar la piel de quien se atreviera a escuchar.
Un cuervo de ojos cenicientos observaba desde lo alto de un sauce marchito, siendo el único testigo del horror. No quedaba rastro de piedad en aquel ser, solo un hambre insaciable de almas. El pueblo dormía tranquilo, ignorando que el abismo finalmente había decidido reclamar lo que una vez fue suyo.
—He regresado —declaró con una voz que recordaba al metal chocando contra la roca.
De pronto, un escalofrío recorrió el cementerio, despertando sombras que bailaban entre las lápidas olvidadas. El espectro extendió su mano huesuda hacia el portón de hierro, buscando una venganza que el tiempo no logró borrar. Las luces de la ciudad lejana parecían ajenas a la pesadilla que se desataba en el valle. Con un gesto final, la entidad invocó una niebla espesa que ocultó su rastro.

La oscuridad devoró los senderos, dejando solo el eco de unos pasos que no pertenecían al mundo de los vivos. El miedo se instaló en el bosque, mientras el viento soplaba con una furia sobrenatural. De las profundidades de la tierra brotó un lamento agudo, una nota que parecía cortar la piel de quien se atreviera a escuchar.
Un cuervo de ojos cenicientos observaba desde lo alto de un sauce marchito, siendo el único testigo del horror. No quedaba rastro de piedad en aquel ser, solo un hambre insaciable de almas. El pueblo dormía tranquilo, ignorando que el abismo finalmente había decidido reclamar lo que una vez fue suyo.
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