El secreto de la Alquimista

panda

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El aroma a hierbas y especias flotaba en el aire, una sinfonía de olores que solo Elara, la joven alquimista, podía descifrar. Su taller, un laberinto de frascos y libros antiguos, bullía de vida bajo la tenue luz de las velas. Sus manos, adornadas con pulseras de metales y piedras misteriosas, manipulaban con precisión una esfera de cristal. Dentro de ella, una luz dorada bailaba, como un pequeño sol atrapado.

Elara no era una alquimista cualquiera. Su abuela, una legendaria maestra de la alquimia, le había heredado un legado secreto: un grimorio encuadernado en piel de dragón, que contenía fórmulas para crear pociones de un poder inimaginable. Pero ese poder venía con un precio: cada poción requería un sacrificio personal, una parte de la propia alma.


Esa noche, Elara se encontraba en la fase final de su creación más ambiciosa. Una poción que podía curar cualquier mal, pero la fórmula exigía un sacrificio inmenso. El brillo en la esfera de cristal reflejaba la lucha interna de Elara. ¿Valía la pena sacrificar su felicidad por la salud de su pueblo?

Mientras sus dedos trazaban los antiguos símbolos en el grimorio, la luz de la esfera creció en intensidad. Su corazón latía con fuerza, un eco de la energía mágica que la rodeaba. Las hierbas y especias, cada una cargada de su propia historia, parecían susurrar secretos al viento. Elara cerró los ojos, respiró hondo, y dejó que la magia la envolviera. El sacrificio era inevitable, pero la esperanza de un mundo mejor le daba la fuerza para seguir adelante.

Al abrir los ojos, la luz dorada se había vuelto más cálida, más pura. La poción estaba lista. Elara sabía que había pagado el precio, pero el sentido de satisfacción era aún mayor que el dolor. Su tarea no había terminado. Debía llevar este regalo a su pueblo, y asegurar que ese poder se usara únicamente para el bien. En el silencio de su taller, Elara sonrió, sabiendo que el secreto de la alquimista era ahora, también, el secreto de la esperanza.
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